Neocórtex

Parece que la neocorteza o neocórtex es la zona del cerebro que de verdad nos distingue (del resto) de los animales. Aunque, dicho sea de paso, el salto evolutivo no se basa meramente en la capacidad de razonar: leyendo a Antonio Damasio descubres que, más que «pensar, luego existir» (como proponía Descartes), «existimos, luego pensamos».

Lo cierto es que el neocórtex tiene seis capas, nada menos. En esas seis láminas superpuestas cabe el grueso de nuestras decisiones: no solo lo consciente y más o menos elaborado, sino también aquello que surge de la intuición y del duende.

Imagino los pedazos de información atravesando esas cinco fronteras, llevando algo así como una bola de arena que muta a cada paso, que recoge polvo en las tolvaneras y exprime agua cuando el calor incordia: pedazos de información que sin embargo resisten y llegan en esencia a su destino, con un poco de suerte a la palabra.

"Valnöt—Neocortex", de aselundblad

He incluido una historia inspirada en el neocórtex en mi nuevo libro de cuentos, para el que —dicho sea de paso— busco editorial.

En la casa

Uno se lanza a la crítica de literatura o de otras disciplinas artísticas cuando se siente especialmente movido por algo; el sentimiento puede derivar de una decepción flagrante o de una profunda satisfacción. El caso que voy a comentar hoy se encuadraría en esta última posibilidad: ayer estuve en el cine viendo En la casa, de François Ozon.

"stylized house", de Paolo Savini

Creo recordar que hace ya varios años asistí a la ópera prima de este director, Gotas de lluvia sobre piedras calientes. Luego he sabido que no figura entre las mejores obras de su filmografía pero la impresión que me dejó a mí, personalmente, fue la de un director con una voz muy original. La película que disfruté ayer en el cine está varios niveles por encima de aquella que supuso mi descubrimiento de François Ozon: no en vano, ha sido la ganadora (Concha de Oro) del último Festival de Cine de San Sebastián y la crítica especializada (véase la de Carlos Boyero, por ejemplo) la considera obra cumbre de una carrera que desde ya se consolida.

Y es que tiene numerosos aciertos. En primer lugar, la acción la sostiene una serie de personajes muy atractivos, especialmente los dos protagonistas: un profesor inflexible y riguroso y un talentoso alumno de hipnótico comportamiento. En segundo lugar, un ritmo ágil que mantiene al espectador en un estado de tensión, y por ello se aleja del típico cine francés parsimonioso. Y en tercer lugar, en lo que creo el mayor logro de la película, un guion adaptado de una obra de teatro del español Juan Mayorga que resulta extraordinario. Es de rigor subrayarlo: extraordinario: una sucesión de giros inesperados, un juego constante en el que la realidad se come a la ficción y la ficción coloniza la realidad, una provocadora metáfora sobre cuál es la función del creador de historias y cuál es la naturaleza del lector o consumidor de historias, de esa persona (¿personaje?) que siente la ineludible necesidad de mirar a los otros, de espiarlos, de entrar en sus vidas, en sus familias, en sus casas.

Escribir la conciencia

"Leyendo", de Rodriago

El escritor le habla a un lector indefinido, pero que de algún modo imagina que tiene que ser como él, alguien que no se deja ahogar del todo por los cien mil atractivos de Oklahoma y en cambio se muestra interesado por el esfuerzo grandioso que hay que hacer, a menudo un esfuerzo secreto y más que escondido, para poner en orden la confundida conciencia.

(De E. Vila-Matas)

Las mínimas palabras

En las últimas páginas de El que espera, Andrés Neuman incluye una suerte de epílogo (el autor lo denomina «Epílogo-manifiesto») en el que ofrece a sus lectores una serie de consejos e indicaciones sobre el arte del cuento y del microcuento. Me gustaría resumir aquí lo más interesante de dicha sección, que Neuman titula «Las mínimas palabras».

Para Andrés Neuman, es indispensable que al relato no solo que no le sobre ni le falte palabra alguna, sino también que no le sobre ni le falte ninguna escena. La economía va, pues, más allá del lenguaje y afecta también a la estructura. Y es la estructura, además, lo que distingue un relato breve de un microcuento:

  • El microcuento suele omitir la estructura tripartita (introducción, nudo y desenlace).
  • Se parece tanto al poema como al relato clásico; al primero, por su carácter conciso, intenso, cíclico y su sentido abierto; y al segundo, porque suele albergar algún efecto de sorpresa.
  • Si el relato breve consiste en la desvelación de un enigma, el microcuento sería, copio textualmente, «la revelación de la existencia de dicho enigma».

Creo que siempre es útil aprender directamente de los maestros, y Andrés Neuman es una de las figuras más importantes de este género (y de otros muchos). Tuve la suerte de asistir en Granada a un curso organizado e impartido por él, así que en esta ocasión, como pocas veces, sé muy bien lo que digo.

La de Bringas y B. E.

Kikelin caricaturas (Kikelin) / CC BY-NC-ND 3.0

La fama de valiente que gozaba debió de fundarse en que era muy bruto. En el desorden de nuestras ideas fácilmente convertimos en héroes a los que apenas saben escribir su nombre.

(De B. P. Galdós)