Obras

Hay obras en casa. Un fastidio. Pero las cosas envejecen, se estropean, y hace falta remozarlas. Suena incesante la máquina que perfora el suelo. Un hombre sube y baja escaleras con sacos de escombros a la espalda. Nuevos materiales aguardan el momento de integrarse en el hogar. Mi perra se pone nerviosa y ladra: no le gustan los cambios.

En la vida, como en la casa, las obras están presentes. En mi rostro una herramienta taladra ya ciertas arrugas. Cuando aumenta el peso, se me agria el carácter; con las manos vacías, regresa el humor aliviado. Mi perra se comporta, acostumbrada a la cirugía continua, a lo magno y a la chapuza, al material que encaja y al que chirría.

Es a mí a quien le cuesta hacerse a la idea. Vivo en perpetuo sobresalto. Solo descansaré cuando se acaben.

Obras

Caca


Compañera escatológica e infatibagle. Bisílaba y cacofónica. Sus dos hemisferios, que son el mismo repetido, evocan esa lealtad tan auténtica, esa presencia suya desde que somos críos (y la madre nos separa de ella con cariño y cuidado), hasta cuando somos mayores (y tal vez también necesitados de cariño y de cuidados). Pocas cosas hay tan persistentes: tal vez solo la sombra y la mentira. Estamos con ella en los momentos más íntimos, pero su universalidad no basta para que nos atrevamos a pasearla más allá de la puerta del aseo. Lo impregna todo, quizás porque es también metáfora del tiempo, y no en vano coloniza las cacatúas, el cacao, los cacahuetes y hasta Caracas. La prefiero sobre “mierda”, por mucho que al pronunciar esta, como dice el padre del Granjero, se nos llene toda la boca. Es terrenal, terca y despiadada. No perdona al sacerdote, a la bruja, al rey ni al poeta. Y es contraseña de lo prohibido: por eso la invocan los padres cuando los niños, hambrientos de mundo, saborear quieren algo políticamente incorrecto.