Apuntes para un curso que se acaba

Se acaba el curso. Volviendo la vista atrás, apunto aquí lo más literario que he vivido como investigador y profesor de traducción semiespecializada este 2020/2021:

  • Por primera vez (que yo sepa) he tenido en clase a una persona que se considera no binaria. Aunque soy crítico con la etiqueta de «género», me ha resultado enriquecedor conocer a esta persona, tratar desde la distancia de entenderla y de descifrar lo que hay más allá de su apariencia y actitud.
  • La personalidad colectiva en la hornada de este año podría definirse como disfrutona, con un punto de alegre amargura. Uno de los últimos días de clase lo comenté con ellos y dijeron sentirse identificados con mis impresiones; lo achacaban a que a su edad ya habían vivido dos crisis. La materia literaria que extraigo de esta idea es que cuando te dan un guantazo te rebelas o te deprimes, pero después de la segunda hostia lo más común es sonreír y pensar «esto no me puede estar pasando a mí… otra vez».
  • Con este curso he tenido una mayor sintonía que con algunos de los cursos anteriores. Me he dado cuenta de que en épocas de introspección me acerco más a mis alumnos, me doy más. Quizás también se acercan más ellos, es posible que huelan la sangre o la necesidad de cariño. Resulta inspiradora la manera en que vamos llenando los vacíos que nos dejan unas personas con la promesa de amistad o de afecto de otras que nos salen al encuentro.
  • Una prueba de esta simbiosis empática se dio cuando una alumna me agradeció por correo electrónico lo que aprendía en mis clases. No es la primera vez que me pasa y tengo que confesar que recibir esos mensajes es uno de los mayores regalos que existen para un profesor. Lo novedoso es que el agradecimiento ha sido esta vez bastante casual, mencionado casi de manera secundaria mientras me contaba cómo (supuestamente) «gracias a mí» había traducido una canción, la había subido a TikTok y el propio autor de la letra había citado a la chica en redes sociales, compartiendo su versión en español, que se volvió viral. La anécdota es altamente literaria: desde qué significa la efímera gloria digital, hasta la naturaleza de los sueños de hoy, pasando por la casualidad que une, a golpe de tecnología y arte, a un profesor ibérico con un cantante americano.
  • En investigación, ha sido el año de las reuniones virtuales (que darían para tramas de enredo) y del trabajo con personas con discapacidad visual. Nunca olvidaré la ayuda que cuatro de estas personas me prestaron en invierno para probar la audioguía que hemos creado para la Facultad de Letras, lo tremendo que me resultó guiarles, acercarme a sus dificultades para moverse por los espacios, conocer sus historias, tan hermosas y reales que casi parece un sacrilegio cebar con ellas mi hambre argumental. El momento de acompañar a uno de ellos al servicio fue sin lugar a dudas tragicómico, no por él —quien vivió el episodio con la serenidad de quien está de sobra acostumbrado a este tipo de situaciones—, sino por mí, por mis nervios, por mi absurda perplejidad e imperdonable ignorancia.

Para terminar, tengo que reconocer que ha sido un curso de desengaños personales. Pero lo triste no es materia de la blogosfera. Lo triste se guarda para la ficción: allá donde las historias vengan las afrentas y las heridas acaban sanando.

El mariposario

Solo en Granada he estado en el mariposario.

El tiempo no se veía. La temperatura era estable. La humedad se metía en ti.

Cientos, tal vez miles, de seres alados se multiplicaban en caótica coreografía, pintaban un espacio salpicado de plantas tropicales, arroyos de mentira y terrarios escondidos. Las mariposas revoloteaban felices entre turistas (siempre turistas) que alucinados miraban cómo sus vuelos se cruzaban sin violencia, cómo se posaban sobre los más inverosímiles ángulos, cómo brillaban, cómo se mezclaban en coreográfico caos.

Fui un niño en el mariposario, ahora lo recuerdo.

Estoy deseando volver.

El mapa de Finlandia es un jamón

No puedo evitarlo: es verlo, cuando hojeo los diarios sin entender absolutamente nada (excepto las imágenes: es asombroso el poder que tienen) o cuando consulto la predicción meteorológica (siempre más optimista de lo que debería), es ver el mapa, como digo, su silueta, e igual que si estuviera ante un test de Rorschach, me viene a la cabeza, simple y llanamente, el jamón o la paletilla que cada año aparece en la cesta de Navidad y que pasa unos días majestuoso en la despensa y luego todavía más majestuoso en el plato y en nuestros sibaritas estómagos y es que no se puede aguantar de lo bueno que está. Casi puedo oler, en el mapa de Finlandia, ese aroma tan característico del jamón, esa promesa, salada y umami, que se instala en la casa, en la atmósfera, en las páginas de estos periódicos finlandeses, indescifrables y absurdos, que si no fuera por el poco pudor que aún me queda, bien que lamería, para intentar rescatar esa forma bellotera del mapa de Finlandia.

O quizás lo que me pasa es que, simple y llanamente, siento una morriña que no se puede aguantar.

Reflexión tagoriana

Si de noche lloras por el Sol, las lágrimas no te dejarán ver los fuegos artificiales.