Ayuno

Escribir en ayunas. Deambular alrededor de la máquina de escribir con un vacío en el estómago. Las palabras, ausentes; las ideas, esquivas. Acercarme sigiloso a la máquina de ruidos, ávido y hambriento y apurado, en esta mañana apenas día que disimula tras los cristales. Escribir voraz. Escribir «voraz». Ponerme ahora sí a los mandos, como un piloto con hambre, como un suicida con hambre, ante un teclado vetusto que huele a pan caliente o café recién hecho, que sabe a vigilia. Empujar, una a una, las teclas, ordenadamente desordenadas, ordenadamente desordenado, cada vez más ungido y urgido por las ganas, esa desazón acumulada tras horas de sueño e íncubos insoportables. Marcar el papel con la impronta de mi hambre, dejar mi huella de animal omnívoro, desayunarlo, matar mi ayuno, descarado, loco, zombi. Y ser consciente de que con este acto se produce un milagro: que al vaciarme estoy llenándome, que al verterme me recojo.

Listo para emprender el día (que ya no duda) me levanto, saciado, de la silla.

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Las mínimas palabras

En las últimas páginas de El que espera, Andrés Neuman incluye una suerte de epílogo (el autor lo denomina «Epílogo-manifiesto») en el que ofrece a sus lectores una serie de consejos e indicaciones sobre el arte del cuento y del microcuento. Me gustaría resumir aquí lo más interesante de dicha sección, que Neuman titula «Las mínimas palabras».

Para Andrés Neuman, es indispensable que al relato no solo que no le sobre ni le falte palabra alguna, sino también que no le sobre ni le falte ninguna escena. La economía va, pues, más allá del lenguaje y afecta también a la estructura. Y es la estructura, además, lo que distingue un relato breve de un microcuento:

  • El microcuento suele omitir la estructura tripartita (introducción, nudo y desenlace).
  • Se parece tanto al poema como al relato clásico; al primero, por su carácter conciso, intenso, cíclico y su sentido abierto; y al segundo, porque suele albergar algún efecto de sorpresa.
  • Si el relato breve consiste en la desvelación de un enigma, el microcuento sería, copio textualmente, «la revelación de la existencia de dicho enigma».

Creo que siempre es útil aprender directamente de los maestros, y Andrés Neuman es una de las figuras más importantes de este género (y de otros muchos). Tuve la suerte de asistir en Granada a un curso organizado e impartido por él, así que en esta ocasión, como pocas veces, sé muy bien lo que digo.

Poesía y verdad

Nos conmueve la poesía porque es verdad, es decir, porque es sincera, porque parece que podemos tocar al poeta a través de los versos, porque creemos que tras la rima sinuosa y las metáforas lisérgicas se puede llegar al poeta, porque está el poeta, ahí, tangible, al otro lado de las palabras. Si en la novela lo importante es una buena historia, compuesta de personajes atractivos y un ritmo que enganche; si del cuento nos deslumbra su técnica, precisa pero estrambótica; si una obra de teatro nos engatusa por la empatía para con lo que sucede sobre el escenario, y por el encanto sofisticado de la palabra dicha; la poesía nos emociona porque sabemos que no miente o, al menos, porque alberga un porcentaje mucho menor de ficción.

Lloramos con la cebolla de Hernández porque somos conscientes de que su hijo se va a quedar huérfano; valoramos la poesía social de Benedetti porque conocemos su condición de exiliado perenne y entendemos a Lorca cuando se identifica con los negros de Nueva York: no nos cabe duda de que puede ponerse en su piel, porque él también se ha sentido parte de una minoría.

Porque la poesía es verdad, si tuviera que salvar a uno de los géneros del Apocalipsis, creo que me decantaría por ella. La poesía no miente, y es la única que llena el silencio, que se queda en la memoria, que traspasa con su infinito y genuino encanto, que late, que suspende el tiempo, que retumba.

Los siete únicos argumentos posibles en literatura

Cita Elvira Lindo en El País del 2010/03/14 a Denis Dutton, quien en su libro “The art instinct” afirma que solo hay siete argumentos posibles en la literatura:

  1. la lucha contra el monstruo
  2. de los harapos a la riqueza
  3. el héroe que viaja para salvar a su patria y conseguir el amor de la princesa
  4. el viaje a un lugar extraño y el regreso a casa
  5. la comedia, donde reina la confusión hasta que todo encuentra su orden
  6. la tragedia, donde el ser humano se extralimita y ha de enfrentarse a terribles consecuencias
  7. el renacimiento que tiene lugar tras un traumático aprendizaje

¿Existirá algún otro argumento que no esté en esta lista de Denis Dutton? ¿O todas las ficciones del mundo caben en estos siete? Desde luego, y aunque no sé si están todos los que son (o si son todos los que están) la relación me parece interesante como punto de partida tanto para el análisis de obras que me gustan, como para el diseño de nuevos proyectos. Particularmente, temo sufrir, a partir de ahora, el efecto zodiaco: igual que cuando nos sentimos identificados con los que nos dice el horóscopo, al escribir una obra no sabré si el argumento que me surja estará condicionado por mi propio conocimiento de esta lista, o por la total imposibilidad de inventar otra cosa.

Y es que, como en todo, lo realmente artístico y rompedor y excitante sería salirse de la norma.