_Las 500 dudas más frecuentes del español_

Una de las sensaciones editoriales para la temporada prenavideña del 2013 fue, sin duda, Las 500 dudas más frecuentes del español, firmado por el Instituto Cervantes (Florentino Paredes García, Salvador Álvaro García y Luna Paredes Zurdo) y editado por Espasa. Se trata de uno de esos libros de dudas que hacen las delicias de aquellos que disfrutamos con los temas de corrección lingüística. No es un diccionario propiamente dicho, sino más bien un compendio de respuestas a las cuestiones más problemáticas con las que tenemos que enfrentarnos diariamente quienes trabajamos con el español. De hecho, su estructura se asemeja más a la de un blog; recuerda, es más, a la página web de la Fundéu.

dudas

Tras la presentación, las dudas se dividen en cinco grandes bloques, dudas sobre:

  1. la pronunciación y la ortografía;
  2. la gramática;
  3. el léxico;
  4. el significado de las palabras; y
  5. el texto.

Además, se incluye al final una bibliografía, un índice de palabras, expresiones y materias y un interesante índice extra, escrito a modo de preguntas directas, con el que podemos poner a prueba lo que hemos aprendido tras leer la obra.

No es un libro para leer de un tirón, sino para tenerlo a mano e ir avanzando poco a poco (siempre que seas un apasionado de estos temas) o para consultar cuando aparezca una duda en concreto (en los demás casos). Lo mejor de la obra, además de su actualidad, es que bebe de otras muchas autoridades, como la Nueva gramática de la lengua españolala Ortografía de la lengua españolael Diccionario panhispánico de dudas o el célebre Manual de estilo de la lengua españolade Martínez de Sousa. Se ha llevado a cabo una gran labor comparativa entre todas las obras consultadas, de manera que la respuesta arrojada es siempre la más actual o la más precisa.

Por todo ello, recomiendo encarecidamente (valga el cliché) la compra de este libro, sobre todo para aquellos que nos debemos a un idioma y que alguna vez hemos dudado cómo se pronuncia ‘quid’, si es correcto decir ‘médica’, si es lo mismo ‘eficiente’ que ‘efectivo’ o si es necesario escribir con mayúscula inicial el asunto de los correos electrónicos.

Esas y 496 dudas más.

_Última temporada_

Me gusta leer antologías. Me gusta, especialmente, leer antologías como esta que acabo de terminar: Última temporada. Son antologías que pretenden retratar a una generación. El subtítulo del libro reza Nuevos narradores españoles 1980-1989, así que el libro es el descendiente directo de otro volumen publicado por Lengua de trapo años ha, también leído por mí, y con otro sugerente título: Páginas amarillasCreo recordar haber leído cuentos de Juan Manuel de Prada y Lucía Etxebarría, entre otros, en aquel libro. En este, los elegidos son una veintena de jóvenes seleccionados por el también escritor Alberto Olmos, a quien se debe además el prólogo, un breve texto que, según supe en el Festival Eñe, había causado cierto revuelo en los cenáculos literarios.

Pero me interesa hablar de los cuentos, básicamente. Puedo decir que, en general, se aprecian voces con oficio y personalidad. Algunos relatos están, obviamente, más logrados que otros. De hecho, pude experimentar en algunos casos una sensación que tengo con ciertos relatos míos: me gustan, están bien, avanzan bien, responden a una buena idea, qué coño, a una idea cojonuda, pero, por alguna razón, no terminan de cuajar. Me ha pasado, como digo, con algunos de los cuentos incluidos en esta antología. No obstante, me centraré en los autores que han llamado más mi atención, los que me han dejado con ganas de más (sin que esto signifique que no vaya a leer más de los otros, precisamente por haberme sentido identificado con ellos, como he dicho).

De la primera parte del libro quiero destacar los cuentos de Guillermo Aguirre y Jimina Sabadú. El primero es una estupenda obra metatextual, que demuestra la maestría del autor como narrador. El segundo es un juego, un ejercicio de estilo con un tipo de narrador que le sonará a más de un televidente.

En la segunda parte del libro es donde me he topado con más cuentos que, en mi humilde opinión, adolecen de cierta falta de verosimilitud. Aun así, tengo que recomendar el cuento de Aloma Rodríguez, fresco y con ritmo, y el de Rebeca Le Rumeur, brevísimo, que en un principio no me convencía pero que luego, al llegar al punto final, dejó en mí un sentimiento extraño, entre la estupefacción y la sorpresa, que es difícil de lograr en tan pocas palabras.

Por último, la tercera parte incluye cuatro relatos más extensos y, también, más ambiciosos. Aunque estoy acostumbrado a la lectura de cuentos más breves, he saboreado la intensidad y el estilo con el que están escritos tres de ellos: el de Juan Soto Ivars, el de Cristina Morales y el de Laura Fernández. El primero es interesante por el tono y la ambientación; del segundo me maravilla el uso del lenguaje y el estilo en general; finalmente, el de Fernández me pareció un prodigio de originalidad.

últimatemporada

Lo importante de un libro es que te deje con ganas de más, y eso me ha ocurrido con este. Seguiré de cerca a estos autores, no solo a los destacados, sino a otros con voces interesantes, como Víctor Balcells Matas, Salvador Galán Moreu, Juan Gómez Bárcena o Pablo Fidalgo Lareo. Los que escribimos cuentos sabemos que es casi un milagro que alguno salga redondo. Ay, cómo me habría gustado estar en la Última temporada. ¡Qué os voy yo a contar!

En la casa

Uno se lanza a la crítica de literatura o de otras disciplinas artísticas cuando se siente especialmente movido por algo; el sentimiento puede derivar de una decepción flagrante o de una profunda satisfacción. El caso que voy a comentar hoy se encuadraría en esta última posibilidad: ayer estuve en el cine viendo En la casa, de François Ozon.

"stylized house", de Paolo Savini

Creo recordar que hace ya varios años asistí a la ópera prima de este director, Gotas de lluvia sobre piedras calientes. Luego he sabido que no figura entre las mejores obras de su filmografía pero la impresión que me dejó a mí, personalmente, fue la de un director con una voz muy original. La película que disfruté ayer en el cine está varios niveles por encima de aquella que supuso mi descubrimiento de François Ozon: no en vano, ha sido la ganadora (Concha de Oro) del último Festival de Cine de San Sebastián y la crítica especializada (véase la de Carlos Boyero, por ejemplo) la considera obra cumbre de una carrera que desde ya se consolida.

Y es que tiene numerosos aciertos. En primer lugar, la acción la sostiene una serie de personajes muy atractivos, especialmente los dos protagonistas: un profesor inflexible y riguroso y un talentoso alumno de hipnótico comportamiento. En segundo lugar, un ritmo ágil que mantiene al espectador en un estado de tensión, y por ello se aleja del típico cine francés parsimonioso. Y en tercer lugar, en lo que creo el mayor logro de la película, un guion adaptado de una obra de teatro del español Juan Mayorga que resulta extraordinario. Es de rigor subrayarlo: extraordinario: una sucesión de giros inesperados, un juego constante en el que la realidad se come a la ficción y la ficción coloniza la realidad, una provocadora metáfora sobre cuál es la función del creador de historias y cuál es la naturaleza del lector o consumidor de historias, de esa persona (¿personaje?) que siente la ineludible necesidad de mirar a los otros, de espiarlos, de entrar en sus vidas, en sus familias, en sus casas.

La piel fría

Tras un verano interesante y un principio de curso lleno de cambios, por fin he podido dedicarme a la lectura de un libro, la obra que me recomendó Lupercalia hace ya unos meses: La piel fría, de Albert Sánchez Piñol, en la versión traducida al español por Claudia Ortego Sanmartín.

Es el típico libro que regalas a alguien (en este caso, la agraciada fue Patrydoo) con la esperanza sincera, y también algo ruin, de que algún día te lo acabe prestando. Yo no me he ido muy lejos esta vez, porque, tras ser devorado por mi madre, mi tía y mi propia hermana, ha caído en mis garras y ha sucumbido.

Para quien no la ha leído todavía, se trata de una novela de ciencia ficción atípica por estos lares. Digo atípica porque, por un lado, ha conseguido rebasar esa etiqueta para llegar al gran público, con un notable éxito; y, por otro lado, porque a diferencia de otras obras contemporáneas del mismo género, esta tiene calidad. Probablemente, estas dos características estén relacionadas: tiene calidad y por eso ha llegado al gran público.

Debo decir que me ha gustado bastante, sobre todo el final, que muestra el recorrido (físico y psicológico) del protagonista. Lo que engancha, además de la audacia del tema, es el ritmo de la novela. Creo que el autor sabe acelerar la acción con maestría, tras remansos de paz que van deviniendo cíclicos, para que nos volvamos un poco locos, también nosotros, con lo que acaece en aquella isla.

Como punto negativo citaría ciertas digresiones que tratan de “ejemplarizar” o “filosofar” con la historia. Me parece que no hacía falta explicitar ciertas ideas que, de manera bastante natural, surgen en el lector. Y, en lo técnico, he detectado cierto abuso de las frases cortas, así como de la profusión de rimas internas. Pecata (que no petaca) minuta, no obstante.

La luz es más antigua que el amor

Con el último libro que me he leído me ha pasado algo curioso, y no es la primera vez que me pasa algo así. Se trata de La luz es más antigua que el amor, de Ricardo Menéndez Salmón. Estaba yo una mañana hojeando libros en la librería de la Universidad cuando lo vi, lo tuve en mis manos y pensé: «Me gustaría leerme este libro». Por la noche, Piotr Extremo me lo regalaba, a sugerencia de otro amigo, Aaron Rimval, por dejarle que se quedara a pernoctar en mi soleado refugio castellonense.

Pero vayamos al libro. La verdad es que me ha decepcionado un poco. Y ya van… Parece que mis gustos se alejan de lo que se lleva ahora (sin ir más lejos, tampoco entendí la gracia de Nocilla Dream…). Indudablemente, Menéndez Salmón escribe con oficio, pero en mi humilde opinión la trama carece de interés. Eso sí, he apuntado con mucho esmero las sentencias que el autor va diseminando por aquí y por allí, siempre iluminadas y juiciosas.

Con todo mi respeto por todo aquel que consigue acabar de escribir una novela, y esto lo digo con total sinceridad, el final del libro es paupérrimo: algo así como una moraleja, un brindis a la manera de Hollywood, o de Broadway, un «y esto es lo que quería decir y por eso he dicho lo que he dicho como lo he dicho». En fin, que me ha decepcionado. ¡Qué le vamos a hacer! Menos mal que el año acaba de empezar, y con buenas noticias; pero eso prefiero dejarlo para otro día.

Besos y palabras.