No es lo mismo ser un turista que ser un viajero

Se dice que no son sinónimos. Se dice de forma despectiva, para los turistas, quienes a los ojos de esos que critican no serían más que masas de carácter infantil y avaricia cultural que pululan de un sitio a otro sin experimentar realmente la belleza de recorrer un lugar que, en principio, no te corresponde. Se hace esta distinción a menudo, con bastante mala baba y un punto de esnobismo. Según la taxonomía tradicional, yo he sido viajero algunas veces y turista algunas veces más. La última vez que se me habrá visto con un puñado de mapas raídos, los tiques del metro bailándome entre los dedos y la prisa peleándose con otros sentimientos, como la inseguridad o la sorpresa, la última vez, como digo, que he sido un turista, un turista de libro, además, ha sido hace escasas semanas en una escapada romántica (curiosa esta expresión: todas las escapadas tienen algo de romántico) a París.

Sí, c'est moi qui da la espalda a la cámara

He sido y me he sentido turista en la ciudad del amor, la ciudad de la luz, la ciudad del Sena; de los que aprovechan el día gratis para entrar en los museos y preguntan en tres o cuatro idiomas chapurreados hasta que te entiende el camarero. Y aunque mis vacaciones carecen de la épica de esos viajeros que saben cuando llegan pero desconocen la fecha de vuelta, de esos viajeros que arrastran pesadas y polvorientas maletas con la casa a cuestas, que dejan un amigo en cada barrio, un amor en cada puerto, su impronta sobre las calles que sus botas de siete leguas pisan; aunque el mío haya sido un simple viaje de turista, un modesto viaje de turista, un viaje de turista más, tengo que admitir que por las calles de Montmartre he soñado que me topaba con Van Gogh, que vivía en la misma pensión que Picasso o me emborrachaba de absenta con Toulouse-Lautrec. Porque, digan lo que digan, todo turista lleva un viajero dentro.

Tengo una pila de fotos que enseñaros.

No nos informan de nada

Estos días ha sido un poco como el fin del mundo. Como sabéis, la erupción del volcán Eyjafjalla, en Islandia, ha provocado un caos aéreo todavía más importante que el que produjo el fatídico 11-de-septiembre. En la prensa, en todas las televisiones, en la radio, se han sucedido noticias sobre el asunto, pero ahora me gustaría comentar una que se ha convertido en un clásico cada vez que hay algún contratiempo de este tipo.

¿Por qué siempre se entrevista/enfoca/retransmite a alguien quejándose de que “lo peor es que no nos informan de nada”? Parece que lo único importante para esos pobres viajeros es que nadie ha salido a explicarles, con pelos y señales, lo que pasa. Qué queréis que os diga, si yo me viera en esa situación, creo que no me importaría un bledo la razón de los retrasos y cancelaciones de los vuelos, sino los retrasos y cancelaciones mismos. No obstante, y aquí el cliché, nadie dice “no puedo soportar la ansiedad de no poder coger el avión”, “me fastidia no llegar a tiempo a la comunión de mi sobrino” o ” mi jefe no me perdonará el retraso” sino, simple y repetidamente: “no nos informan de nada”. Pues eso, que me parece curiosa, si no ridícula, esta queja tan extendida. Además, ¿es que no pueden escuchar la radio en el móvil, acercarse a un monitor de televisión, comprarse un periódico? ¡Si cuando pasa algo así no se habla de otra cosa!

En todo caso, y para terminar, ¿no hay algo de romántico en eso de que se pare el mundo por la erupción de un volcán?