_Retahílas_

Escribir solamente sobre aquellas obras que te apasionan puede resultar agradable, pero muestra poco criterio. Lo cierto es que, en este aprendizaje peculiar de autores clásicos en el que me he enfrascado, me ha tocado leer una obra de Carmen Martín GaiteRetahílas. Y tengo que decir que la he terminado, que no me ha disgustado del todo, pero que tampoco he disfrutado leyéndola.

Si tengo que destacar algo de la novela es que no esperaba un estilo tan personal, una estructura tan original. La historia la van tejiendo (nunca mejor dicho) dos hermanos que se van alternando para contar, de una manera algo caótica —imitando el fluir de conciencia o, en este caso, los vericuetos por los que nos conduce la conversación— la historia de su familia, los secretos y mentiras que existen en toda familia que se precie. Hasta ahí bien. Martín Gaite demuestra una maestría indudable en la narración sin apenas pausa que propone el libro; por otra parte, la profusión de detalles hace que no sea difícil de meterte en la historia, créertela, ver los lugares por donde pululan los protagonistas, la abuela enferma, el padre, la madre y el personaje más atractivo: esa hermanastra que apenas hablaba con los protagonistas y que se quedó, como alma en pena, como niña loba en la gran mansión donde ocurren todas las pequeñas cosas.

El problema de la novela soy yo. Mi falta de interés. Entiendo que está escrita a finales de los años 70 del siglo pasado. Entiendo que entonces había pocos sustitutivos para la lectura como opciones de entretenimiento. Entiendo que las imágenes no estaban tan en la sopa como hoy (y, en consecuencia, todo tenía que estar más descrito, para hacer visible la historia), pero para un lector actual la obra ofrece escaso valor como historia, como argumento. Parece que la autora se puso el objetivo de narrar una historia (cualquier historia, esta por ejemplo) así, con este juego de voces tan complicado de lograr. Por desgracia, yo no consigo sumergirme en la historia y olvidarme de la forma; en todo momento soy consciente de esa labor ingente que realizó la escritora y creo que no debe ser ese el objetivo del escritor.

A la escritura, como a los trajes, es mejor que no se le vean las costuras.

Ejemplar que leí

La piel fría

Tras un verano interesante y un principio de curso lleno de cambios, por fin he podido dedicarme a la lectura de un libro, la obra que me recomendó Lupercalia hace ya unos meses: La piel fría, de Albert Sánchez Piñol, en la versión traducida al español por Claudia Ortego Sanmartín.

Es el típico libro que regalas a alguien (en este caso, la agraciada fue Patrydoo) con la esperanza sincera, y también algo ruin, de que algún día te lo acabe prestando. Yo no me he ido muy lejos esta vez, porque, tras ser devorado por mi madre, mi tía y mi propia hermana, ha caído en mis garras y ha sucumbido.

Para quien no la ha leído todavía, se trata de una novela de ciencia ficción atípica por estos lares. Digo atípica porque, por un lado, ha conseguido rebasar esa etiqueta para llegar al gran público, con un notable éxito; y, por otro lado, porque a diferencia de otras obras contemporáneas del mismo género, esta tiene calidad. Probablemente, estas dos características estén relacionadas: tiene calidad y por eso ha llegado al gran público.

Debo decir que me ha gustado bastante, sobre todo el final, que muestra el recorrido (físico y psicológico) del protagonista. Lo que engancha, además de la audacia del tema, es el ritmo de la novela. Creo que el autor sabe acelerar la acción con maestría, tras remansos de paz que van deviniendo cíclicos, para que nos volvamos un poco locos, también nosotros, con lo que acaece en aquella isla.

Como punto negativo citaría ciertas digresiones que tratan de “ejemplarizar” o “filosofar” con la historia. Me parece que no hacía falta explicitar ciertas ideas que, de manera bastante natural, surgen en el lector. Y, en lo técnico, he detectado cierto abuso de las frases cortas, así como de la profusión de rimas internas. Pecata (que no petaca) minuta, no obstante.

La luz es más antigua que el amor

Con el último libro que me he leído me ha pasado algo curioso, y no es la primera vez que me pasa algo así. Se trata de La luz es más antigua que el amor, de Ricardo Menéndez Salmón. Estaba yo una mañana hojeando libros en la librería de la Universidad cuando lo vi, lo tuve en mis manos y pensé: «Me gustaría leerme este libro». Por la noche, Piotr Extremo me lo regalaba, a sugerencia de otro amigo, Aaron Rimval, por dejarle que se quedara a pernoctar en mi soleado refugio castellonense.

Pero vayamos al libro. La verdad es que me ha decepcionado un poco. Y ya van… Parece que mis gustos se alejan de lo que se lleva ahora (sin ir más lejos, tampoco entendí la gracia de Nocilla Dream…). Indudablemente, Menéndez Salmón escribe con oficio, pero en mi humilde opinión la trama carece de interés. Eso sí, he apuntado con mucho esmero las sentencias que el autor va diseminando por aquí y por allí, siempre iluminadas y juiciosas.

Con todo mi respeto por todo aquel que consigue acabar de escribir una novela, y esto lo digo con total sinceridad, el final del libro es paupérrimo: algo así como una moraleja, un brindis a la manera de Hollywood, o de Broadway, un «y esto es lo que quería decir y por eso he dicho lo que he dicho como lo he dicho». En fin, que me ha decepcionado. ¡Qué le vamos a hacer! Menos mal que el año acaba de empezar, y con buenas noticias; pero eso prefiero dejarlo para otro día.

Besos y palabras.

Juliet, naked


Joder, me encanta Nick Hornby. Me he terminado hace poco su última novela, la cual, si no me equivoco, aún no ha sido traducida al español. Se titula Juliet, naked. La compré en el aeropuerto, a la vuelta de un viaje a Irlanda que hicimos Chencho y yo para visitar a mi prima. Bastante Hornby, por cierto.

La novela, como otras del mismo autor, aborda las vidas de varios personajes que, por alguna circunstancia casual, se entrecruzan y acaban fusionándose. En este caso, son un músico norteamericano, retirado desde hace más de 20 años, uno de los pocos fans que le quedan (el cual profesa una desaforada devoción por su ídolo) y la chica de este, una infeliz encargada de museo.

Lo que más me ha gustado del libro ha sido su ironía, su ritmo y su ternura: si bien los personajes no son precisamente modélicos, los lectores podemos sentirnos identificados fácilmente con la mayoría de sus acciones y decisiones. En serio, acabo de terminarlo y sólo puedo recomendar su lectura. No he leído todos los libros de Hornby, pero por ahora este, junto a A long way down (titulado aquí como En picado) es mi favorito. De todos modos, se supone que High fidelity (Alta fidelidad) es también deliciosa: no tardaré en hincarle el diente. ¡Ñam!