Feliz cumpleaños

Dicen que cayó del cielo. La estrella más brillante cayó del cielo hace hoy cincuenta y nueve años. Dicen eso, y también que, en sus estertores, el astro caído iluminó unas partículas flotantes, invisibles hasta entonces para la humanidad. Fue tanta la admiración y la sorpresa por poder ver aquellas finas motas de paraíso, que los hombres no pudieron evitar pronunciar palabras nuevas, realmente nuevas, nuevas de verdad. Y se crearon de este modo combinaciones imposibles de sonidos que fueron entretejiendo un conjuro de amor. Los ríos comenzaron a llevar un agua distinta, más pura y reluciente, agua que llegó a los lugares más inaccesibles, bañó lo antes yermo, alivió la histórica sed, la histérica sed. Las flores brotaron de los tejados, de las sotanas y de las fraguas. Se vieron pájaros irisados atravesar las nubes y hasta abrirlas con su aleteo mágico. Una tormenta de belleza se hizo presente: los truenos sonaron a beso, el rayo hizo cosquillas y el relámpago fue un bautizo de champán.

Sucedió hace hoy, justo, cincuenta y nueve años. Pero nadie lo recuerda. No aparece en los libros ni se publicó en los diarios… y es normal. Porque hace hoy, justo, cincuenta y nueve años sucedió algo que lo eclipsó todo, algo aún más hermoso y definitivo: nació mi madre.

Los 5 mejores libros que he leído en 2013

Este año he leído algunos libros: poemarios, ensayos, novelas. Imitando el quehacer de periodistas y otros blogueros, me he propuesto dejar constancia de cuáles han sido los 5 libros que más me han gustado en 2013. Hay que decir que no todos son libros publicados este año que acaba, de hecho los primeros puestos los ocupan clásicos de la literatura universal. Esto responde a mi intención, sistemática y tal vez absurda, de ir mezclando libros actuales con obras maestras que figuran en los anaqueles de las grandes lecturas que no he deglutido. Para darle emoción, empezaré hablando del libro que ocupa el quinto lugar y, a continuación, iré descendiendo hasta el primer puesto del podio.

5

Por si se va la luz

Novela bien escrita, rebosante de metáforas y con un estilo cortante, aunque, por desgracia, contiene algunas rimas internas que en determinados momentos hicieron que me fuera de la trama. La historia se hace un poco larga, básicamente porque no parece pasar nada en esa aldea perdida, pero entiendo que es un efecto buscado que concuerda con el ambiente cerrado y hostil donde se desarrolla la acción. Eso sí, el giro final hace que todo cobre un poco más de sentido y esa sensación que te deja hace que merezca la pena acabarse el libro, alcanzar la última página. De hecho, y por eso figura el libro en esa lista, esa sensación se queda en ti varios días, semanas (todavía está en mí). Tiene latido y tiene magia, la primera novela de Lara Moreno.

4

Lázaro Valbuena

Buen libro de Juan Luis de la Cruz, lleno de preguntas (algunas sin respuesta) en las que se transcriben las lecciones imaginarias de un maestro a sus alumnos. Habla sobre la bondad, sí, pero también sobre el perdón, las ideologías, la condición de maestro, la juventud, la vida en toda su expresión. Me quedan dudas sobre ese perdón que predica: cómo protegernos, desde la sociedad, de esa lacra que es el terrorismo y de ese infierno que es el que los malos propagan. Y luego está el género: Es un ensayo, sí. Es una novela, también. Es poesía, sobre todo.

3

The Brooklyn Follies

Como todas las de Paul Auster, es una novela que se lee con facilidad. En algún momento, la trama coquetea con los dominios de la telenovela pero, así y todo, el ritmo es increíble y el estilo rebosa sencillez y elegancia. No es el mejor libro que he leído del autor, pero presenta algunas frases memorables y un final que da sentido al libro y le otorga, a su vez, un extra de profundidad e ironía. Porque de eso va sobre todo: las ironías de la vida, lo que no podemos controlar, la paradoja de vivir.

2

Madame Bovary

Es un clásico, con todo lo que ello conlleva, pero, a diferencia de otros clásicos, debo reconocer que no me ha aburrido. Esto se debe, quizás, a que es una novela moderna para la época en que fue escrita. Contiene, además, algunos hallazgos estilísticos que, tonto de mí, no esperaba encontrarme en esta obra de Gustave Flaubert: la simbología (esa aguja que pincha al coser, como metáfora de la tentación), la conversación en la que se entremezclan dos diálogos (uno de los protagonistas, otro del sonido circundante), la inolvidable escena de la diligencia (de la que ya había oído hablar pero que, aun así, me ha encantado) o ese momento final en el que un personaje asevera que la culpa de todo es «de la fatalidad». Normal que fuera tan comentada en su día.

1

Todos los nombres

Parece mentira que haya alcanzado lo más alto del escalafón una novela que me costó tanto terminar. De hecho, la primera vez que intenté leerla tenía yo casi diez años menos, pero tuve que dejarla porque no me enganchaba. Ahora, más maduro, la he saboreado de principio a fin y he entendido su fama, su grandeza y su interés. Es verdad que la historia en sí no seduce, no alienta a pasar de página, pero vale la pena leer el libro solo por las dos imágenes que quedan en la memoria: el archivo general y, sobre todo, ese cementerio que aparece en las últimas páginas, ese camposanto que asemeja un árbol plano, vivo, que se va extendiendo, que va creciendo y comiéndose a la ciudad, rama a rama, raíz a raíz, insaciable… Un gustazo. Lo mejor es que me han quedado ganas de leer más al maestro Saramago. No tardaré.

Dos citas sobre el nacionalismo

En esta parte de Vermont hay mucho resentimiento contra gente de otros estados. Sobre todo de Nueva York y Boston, pero he visto cómo algunos tarados la emprendían con gente de New Hampshire. Ocurrió justo el otro día, en el bar de Rick, junto a la Route 30. Entra un tío de Keene, de New Hampshire, que está a un paso de la frontera de Vermont, y uno de los borrachos de por aquí, no voy a mencionar nombres, le rompe una silla en la cabeza. «¡Vermont para los de Vermont!», grita. «¡Vete a tomar por culo a New Hampshire!» y empiezan a darse tortazos. Por lo que me han contado, el lío podría haber durado toda la noche si la poli no hubiera intervenido.

-Cualquiera que le oiga, diría que estamos viviendo en Yugoslavia.

-Ya, sé a lo que se refiere. A cualquier imbécil le da por defender un territorio, y que se vaya preparando todo el que no sea de su tribu.

(De Paul Auster)

"Fence and barbed wire" de Alexandre Dulaunoy

El nacionalista hincha su identidad -en verdad, la lincha- porque en el fondo la siente frágil. Frágil su prístina identidad de hombre. Valora más ser frontera que ser humano. Valora más ser gentilicio que gente. Más el adjetivo que el nombre.

(De Juan Luis de la Cruz)

La gira del libro (mío)

Me digo que de esta semana no pasa que hable de la gira del libro (mío). Me he tirado algo más de un mes de viajes, preparativos, nervios, idas y venidas, inmerso en la promoción de un libro de poemas que es como un niño pequeño al que hay que bautizar, presentar en sociedad, al menos entre los amigos, los familiares y los más o menos allegados. Soy consciente de que esta gira del libro (mío) tendrá continuidad en los meses que sucedan al breve y familiar paréntesis navideño. Aun así, hago un alto en el camino, pongo la vista en el retrovisor y os cuento, en dos o tres pinceladas, las vueltas que he dado ya con el libro bajo el brazo.

La salida se produjo aquí mismo. Y aquí mismo es Vitoria-Gasteiz. Anuncié el acto en el blog, pero me quedaba pendiente dar cuenta de lo sucedido, contar mis impresiones sobre el resultado. La verdad es que nos reunimos unas cuantas decenas de amigos, alumnos y exalumnos, en el Pabellón Universitario de la UPV/EHU, tantos que el piscolabis que había preparado la empresa encargada del cáterin se acabó en pocos minutos: o se quedó corto, o los asistentes tenían un hambre canina, a esas horas de la tarde de un jueves estudiantil. La presentación de Raul Montero fue improvisada y entrañable; el editor, Roberto Lastre, estuvo sobrio y nos sorprendió con una especie de collage a partir de los primeros versos de varios de los poemas incluidos en el libro; yo intenté la naturalidad y, en algunos momentos, la sonrisa, aunque algunos poemas me acercaron a la lágrima… y el dúo formado por Alejandro Ros y Ainhoa Eguiguren pusieron el colofón a la velada con su estupenda interpretación (en el doble sentido de la palabra) de tres de los poemas: «Sin más», «Mi territorio» y «El yin». Tengo que subir, sí o sí, el vídeo de la actuación porque resultó un momento verdaderamente mágico. Tengo que reconocer que parte de esa magia se consiguió gracias a la luz: varias velas chatas se dispusieron entre el público y David, uno de los técnicos de mi facultad que tuvo a bien acercarse a cuidar de que todo funcionara como debía, manejó los focos y las sombras como un maestro. Aplausos para todos ellos.

Montaje de Atipika Aflamenkada con los compis del Príncipe

La segunda parada de la gira nos llevó, a los libros y a mí, a mi querida Almansa. La presentación tuvo lugar en una sala habilitada para la ocasión en la Casa de la Cultura de mi ciudad. En ella, estuve acompañado por una gran maestra de ceremonias, Llanos Doñate, que no solo accedió a darme la palabra sino que también invitó a sus alumnos de los talleres de lectura a que se acercaran a la presentación. Conté asimismo con la presentadora del libro y del autor, la también poeta Avelina García Colmenero. La sala se quedó pequeña, se me cansó la mano de tanto firmar libros y me sentí en todo momento arropado con la gente que acudió a apoyarme en un día tan señalado. Jamás olvidaré el discurso de Avelina, recordando un cuento que me corrigió cuando me daba clase de literatura en el instituto-que-se-llama-como-mi-padre; como tampoco la asistencia de antiguos compañeros del colegio Príncipe de Asturias, algunos de los cuales hacía siglos que no veía. Aplausos para todos ellos.

Y la última ciudad en la que he presentado el libro hasta la fecha es Valladolid, el 17 de noviembre. La casualidad (bueno, esta y el Festival Intro-Music) hizo que pasara un fin de semana en casa de la familia García Pérez, en la compañía de Paula, María Ángeles y Miguel Ángel. Entre los tres prepararon el acto en el bar Desierto Rojo. ¡Y salió estupendamente! En esta ocasión, a diferencia de las otras dos paradas de la gira del libro (mío), no estaba rodeado de familiares y amigos de una manera tan general, sino que la mayoría de los asistentes, que no fueron pocos, asistieron por recomendación de Paula, esto es, yo no los conocía. Fue una experiencia gratificante, me sentí más profesional que nunca porque allí había una distancia que poco a poco, poema a poema, fue achicándose entre aquellos, mi público (curioso), y yo (perplejo). Además, el taller de teatro al que asiste mi amiga Paula, Labienpaga, preparó una representación del poema «Gracia», que desconcertó al resto de asistentes y llenó la tarde de creatividad y alma. Aplausos para todos ellos.

Haciendo el ganso con los de La bien pagá

Y eso es todo por ahora. El libro tiene que rodar. El libro hay que moverlo. He aprendido con esta minigira que uno va cogiendo tablas cuando se enfrenta al público, conocido o no, y también que si se quiere vender un libro es necesario favorecer la ocasión de que los lectores se acerquen a él. No es suficiente con tenerlo en librerías y decir a los conocidos que pueden comprarlo aquí o allí: hay que crear el momento. Por eso tengo en mente seguir con otros «bolos», torear en otras plazas, aprovechar viajes potenciales para montar el tinglado, presentarme como autor y enseñar estas Mentiras para principiantes que tantas alegrías me están dando. Tengo propuestas para ir a Bilbao; quiero hacer algo en Madrid; puede que lo lleve a Barcelona y en verano, seguro, buscaré un bonito lugar, frente a la playa, para leer mis versos. Huelga decir que tengo besos y palabras para todos.

En el Festival Eñe

El pasado fin de semana recalé en el Festival Eñe. Otros años había querido acercarme a Madrid, a ese Círculo de Bellas Artes con tanto glamur, para conversar con poetas, codearme con críticos, quién sabe si conocer también a esa figura mitológica (de la que algún día me ocuparé): el agente literario. Pero no ha sido hasta este año que he tenido un motivo real, más allá de los sueños, para acudir. Me había presentado a una actividad que organizaban los de Eñe, llamada «Cuatro editores en busca de autor», para la que al final quedé suplente. Compuesto y sin mi charla con el editor que buscaba autor (no lo sabía ninguno de los cuatro editores, pero me buscaban a mí)…

El festival se inauguraba el jueves 14, pero las actividades se aglutinaron más bien entre el viernes y el sábado. Era mi primer festival de este tipo; me sentía como en mi primer congreso de Traducción: un extraterrestre, un novato, un recién llegado, un elefante en una cacharrería. Me habría ayudado la compañía de algún amigo, pero mi compañera de (algunas) fatigas (literarias), Cristina, no se acercó a Madrid porque estaba ocupada con otras cosas de la Universidad. Estuve solo y me sentí solo, pero he sacado algunas conclusiones.

1: Estoy totalmente en la periferia de lo que se cuece en lo literario.

Antes de ir al festival, tenía la sensación de que me quedaba mucho; tras este, que tengo que recorrer mucho, acudir a saraos, codearme con unos y con otros… si quiero empezar a ser visible como escritor.

2: Tengo que leer más a los autores de mi generación.

Se habló de esto en una de las charlas que más me interesaron, una mesa redonda con escritores nacidos en la década de los ochenta. (Faltaba yo, claro). Acudí también con la intención de ver a una fantástica escritora que conozco de mi etapa granadina, Cristina (García) Morales, pero por alguna razón no se presentó. Sí lo hicieron otros incluidos en la antología de Lengua de Trapo; me quedé con el nombre de cuatro de ellos, los que más me llamaron la atención, son: Aloma Rodríguez, María Folguera, Daniel Gascón y Juan Soto Ivars. A alguno lo conocía de oídas, pero es todo un placer escucharlos en directo. Aloma tiene frescura, María es francamente elegante, Daniel tiene calle y misterio en los ojos y Juan… Juan me pareció un espectáculo, un ser seguro de sí mismo y dispuesto a comerse el mundo. Él fue quien más insistió en que había que leer a los autores españoles de nuestra generación, básicamente porque había mucho talento en nuestro país; yo estuve a punto de levantar la mano y quejarme por ese acceso de patriotismo literario, pero me contuve porque, si bien no me convencía completamente el fondo de sus palabras, sí lo hacía la forma con la que engatusaba a un público que no albergaba duda alguna sobre quién era el protagonista. El sábado me compré la antología Última temporada de Lengua de Trapo. Quise comprar también una parecida que ha salido en Salto de Página, pero no la tenían en la librería que montaron en el Eñe.

3: Se venden muy pocos libros literarios en nuestro país.

Como en el primer caso, se trata más de la confirmación de una intuición que de un descubrimiento propiamente dicho. ¡Pero la realidad supera a la intuición! Otra de las charlas interesantes a las que asistí tuvo como protagonistas a los cuatro editores que buscaban autor (que me buscaban a mí, sin saberlo), que discutieron sobre las amenazas actuales que se ciernen sobre el mundo del libro. Diana Hernández (Turner), Jorge Lago (Lengua de Trapo), Pablo Mazo (Salto de Página) y Diana Zaforteza (Alfabia) presentaron un panorama tan desalentador que, aunque se me pasó por la cabeza acercarme a presentarme a alguno de ellos (con mi libro de relatos bajo el brazo, metafóricamente hablando), al final me contuve. Dijeron que un libro de algún autor bueno pero no mediático puede vender unos 3000 ejemplares en el mejor de los casos. Es una pena porque…

4: Hay autores que escriben realmente bien.

Podría ser una continuación de lo que decía Soto Ivars; el caso es que lo he experimentado por mí mismo, en mi asistencia a las diversas lecturas, mesas redondas, conferencias exprés, etc. Me llevo el recuerdo de un buen número de poetas, como el gran descubrimiento que para mí ha sido uno de los últimos ganadores del Loewe, Juan Vicente Piqueras, y otros con grandes dotes para la poesía, como Laura Casielles, Mariano Peyrou o la siempre impactante Elena Medel, a quien tuve el placer de saludar. Me interesó también una mesa redonda con escritores a contracorriente, de la que quiero destacar el encanto de Lara Moreno, que ha resultado ganadora de la Coseña Eñe 2013 (esto es, del prestigioso certamen de cuentos al que se presentan más de 3000 obras cada año) y que recientemente ha publicado su primera novela, Por si se va luz (Lumen), que también compré y me llevé firmada del Festival.

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