La luz es más antigua que el amor

Con el último libro que me he leído me ha pasado algo curioso, y no es la primera vez que me pasa algo así. Se trata de La luz es más antigua que el amor, de Ricardo Menéndez Salmón. Estaba yo una mañana hojeando libros en la librería de la Universidad cuando lo vi, lo tuve en mis manos y pensé: «Me gustaría leerme este libro». Por la noche, Piotr Extremo me lo regalaba, a sugerencia de otro amigo, Aaron Rimval, por dejarle que se quedara a pernoctar en mi soleado refugio castellonense.

Pero vayamos al libro. La verdad es que me ha decepcionado un poco. Y ya van… Parece que mis gustos se alejan de lo que se lleva ahora (sin ir más lejos, tampoco entendí la gracia de Nocilla Dream…). Indudablemente, Menéndez Salmón escribe con oficio, pero en mi humilde opinión la trama carece de interés. Eso sí, he apuntado con mucho esmero las sentencias que el autor va diseminando por aquí y por allí, siempre iluminadas y juiciosas.

Con todo mi respeto por todo aquel que consigue acabar de escribir una novela, y esto lo digo con total sinceridad, el final del libro es paupérrimo: algo así como una moraleja, un brindis a la manera de Hollywood, o de Broadway, un «y esto es lo que quería decir y por eso he dicho lo que he dicho como lo he dicho». En fin, que me ha decepcionado. ¡Qué le vamos a hacer! Menos mal que el año acaba de empezar, y con buenas noticias; pero eso prefiero dejarlo para otro día.

Besos y palabras.

Juliet, naked


Joder, me encanta Nick Hornby. Me he terminado hace poco su última novela, la cual, si no me equivoco, aún no ha sido traducida al español. Se titula Juliet, naked. La compré en el aeropuerto, a la vuelta de un viaje a Irlanda que hicimos Chencho y yo para visitar a mi prima. Bastante Hornby, por cierto.

La novela, como otras del mismo autor, aborda las vidas de varios personajes que, por alguna circunstancia casual, se entrecruzan y acaban fusionándose. En este caso, son un músico norteamericano, retirado desde hace más de 20 años, uno de los pocos fans que le quedan (el cual profesa una desaforada devoción por su ídolo) y la chica de este, una infeliz encargada de museo.

Lo que más me ha gustado del libro ha sido su ironía, su ritmo y su ternura: si bien los personajes no son precisamente modélicos, los lectores podemos sentirnos identificados fácilmente con la mayoría de sus acciones y decisiones. En serio, acabo de terminarlo y sólo puedo recomendar su lectura. No he leído todos los libros de Hornby, pero por ahora este, junto a A long way down (titulado aquí como En picado) es mi favorito. De todos modos, se supone que High fidelity (Alta fidelidad) es también deliciosa: no tardaré en hincarle el diente. ¡Ñam!

El Satiricón

Hace ya unos años que mi amiga Hazm me regaló un volumen de segunda mano del clásico de Petronio El Satiricón. Lo he tenido en la estantería, muerto de risa, desde entonces, y no ha sido hasta este año que me he decidido a leerlo.

Debo decir que me ha sorprendido gratamente. Se trata de un interesante relato de las
costumbres más mundanas de la Roma clásica. Y yo, que no me caracterizo por un interés exacerbado por la Historia, reconozco que he sonreído con el uso y el abuso de bacanales, es decir, de banquetes rebosantes de gula, amor homosexual y heterosexual (pero más del primero) y, sobre todo, con esa pareja de indecentes enamorados: Encolpio y Gitón. ¡Ay, Gitón, qué pasiones levantas!

Y, para no aburrir, dejo una frase célebre que pronuncia uno de los personajes y que
ilustra el a veces surrealista tono de la obra:

“¿veis al esclavo ese? -me contestó-. Pues se llama Trincha; de modo que cada vez que el amo repite esa palabra pronuncia su nombre y al mismo tiempo indica su obligación.”

Desternillante, ¿verdad?