La luz es más antigua que el amor

Con el último libro que me he leído me ha pasado algo curioso, y no es la primera vez que me pasa algo así. Se trata de La luz es más antigua que el amor, de Ricardo Menéndez Salmón. Estaba yo una mañana hojeando libros en la librería de la Universidad cuando lo vi, lo tuve en mis manos y pensé: «Me gustaría leerme este libro». Por la noche, Piotr Extremo me lo regalaba, a sugerencia de otro amigo, Aaron Rimval, por dejarle que se quedara a pernoctar en mi soleado refugio castellonense.

Pero vayamos al libro. La verdad es que me ha decepcionado un poco. Y ya van… Parece que mis gustos se alejan de lo que se lleva ahora (sin ir más lejos, tampoco entendí la gracia de Nocilla Dream…). Indudablemente, Menéndez Salmón escribe con oficio, pero en mi humilde opinión la trama carece de interés. Eso sí, he apuntado con mucho esmero las sentencias que el autor va diseminando por aquí y por allí, siempre iluminadas y juiciosas.

Con todo mi respeto por todo aquel que consigue acabar de escribir una novela, y esto lo digo con total sinceridad, el final del libro es paupérrimo: algo así como una moraleja, un brindis a la manera de Hollywood, o de Broadway, un «y esto es lo que quería decir y por eso he dicho lo que he dicho como lo he dicho». En fin, que me ha decepcionado. ¡Qué le vamos a hacer! Menos mal que el año acaba de empezar, y con buenas noticias; pero eso prefiero dejarlo para otro día.

Besos y palabras.

Avatar & Mythago Wood

Esta última semana he terminado de leer Mythago Wood, el primer libro del ciclo Mitago, de Robert Holdstock. El azar ha querido que, también estos últimos días, haya visto por segunda vez Avatar, la película de James Cameron, aunque esta vez haya sido en (solo) dos dimensiones y sin atiborrarme de palomitas.

Del libro, he de decir que es una pequeña delicia. Expertos en literatura fantástica me habían convencido de que, en el subgénero de la fantasía, había vida más allá de Tolkien y de los dragones. Por ponerle un pero, la idea daba para una trama más rica, pero tal vez el autor tenía en mente desde el principio la construcción de una saga, como eventualmente hizo.

Internet está repleto de críticas de la película de Cameron; no es mi intención emitir un juicio sesudo sobre ella. Quería, eso sí, dejar constancia de que, mientras volvía a ver Avatar, me acordé de Mythago Wood y me pareció que había varias coincidencias (¿fortuitas?): la utilización de los dos mundos paralelos, el paulatino descubrimiento del mundo nuevo por el héroe y, sobre todo, el enamoramiento de una criatura del espacio mítico por parte de dicho héroe. Para colmo, en el propio libro de Holdstock se habla de avatares, y la traducción al español cita esta misma palabra: «avatar».

Quién sabe, a lo mejor James Cameron encontró su musa en las inmediaciones del bosque de todos los mitos.

Los toros y Werther

Un hombre formado según las reglas jamás producirá nada absurdo y absolutamente malo, así como el que obre con sujeción a las leyes y a la urbanidad nunca puede ser un vecino insoportable ni un gran malvado; sin embargo, y dígase lo que se quiera, toda regla asfixia los verdaderos sentimientos y destruye la verdadera expresión de la naturaleza.

(De J. W. Goethe)

Agnosticismo, surrealismo y sauna

Esta semana he disfrutado de mi penúltima sauna finlandesa. No he faltado a la cita ni una sola semana desde que me quité la venda de la muñeca. Probablemente sea esta una de las cosas que más eche de menos cuando vuelva a España.

El caso es que esta última vez coincidí con un un finés cuyo padre, según me comentó, estaba haciendo estos días el Camino de Santiago. No sé cuál fue la secuencia exacta de acontecimientos, o quizás debería decir de palabras, pero lo cierto es que al poco tiempo estábamos enzarzados en una profunda conversación sobre el ateismo, el agnosticismo y la fe. En ese momento, la sensación era la de estar viviendo una escena de película, de estar protagonizándola más bien: dos desconocidos, desnudos, hablando sobre cuestiones tan etéreas, en un paisaje de maderos perfectos y piedras exhalando vapor.

Hay momentos en que sabes que estás en medio de una situación inusual. Te dices a ti mismo: «Esto es surrealista». Y también sonríes. Al llegar a casa, sin embargo, me di cuenta de que esa sensación es totalmente subjetiva. No estoy acostumbrado a las conversaciones profundas en la sauna… simplemente porque no estoy acostumbrado a la sauna. A buen seguro, aquel finés de padre peregrino habrá tenido conversaciones mucho más esperpénticas en la sauna. Y las habrá sudado mecánicamente, sin más divagación, antes de pasar por la ducha.

Poesía y verdad

Nos conmueve la poesía porque es verdad, es decir, porque es sincera, porque parece que podemos tocar al poeta a través de los versos, porque creemos que tras la rima sinuosa y las metáforas lisérgicas se puede llegar al poeta, porque está el poeta, ahí, tangible, al otro lado de las palabras. Si en la novela lo importante es una buena historia, compuesta de personajes atractivos y un ritmo que enganche; si del cuento nos deslumbra su técnica, precisa pero estrambótica; si una obra de teatro nos engatusa por la empatía para con lo que sucede sobre el escenario, y por el encanto sofisticado de la palabra dicha; la poesía nos emociona porque sabemos que no miente o, al menos, porque alberga un porcentaje mucho menor de ficción.

Lloramos con la cebolla de Hernández porque somos conscientes de que su hijo se va a quedar huérfano; valoramos la poesía social de Benedetti porque conocemos su condición de exiliado perenne y entendemos a Lorca cuando se identifica con los negros de Nueva York: no nos cabe duda de que puede ponerse en su piel, porque él también se ha sentido parte de una minoría.

Porque la poesía es verdad, si tuviera que salvar a uno de los géneros del Apocalipsis, creo que me decantaría por ella. La poesía no miente, y es la única que llena el silencio, que se queda en la memoria, que traspasa con su infinito y genuino encanto, que late, que suspende el tiempo, que retumba.