Poesía y verdad

Nos conmueve la poesía porque es verdad, es decir, porque es sincera, porque parece que podemos tocar al poeta a través de los versos, porque creemos que tras la rima sinuosa y las metáforas lisérgicas se puede llegar al poeta, porque está el poeta, ahí, tangible, al otro lado de las palabras. Si en la novela lo importante es una buena historia, compuesta de personajes atractivos y un ritmo que enganche; si del cuento nos deslumbra su técnica, precisa pero estrambótica; si una obra de teatro nos engatusa por la empatía para con lo que sucede sobre el escenario, y por el encanto sofisticado de la palabra dicha; la poesía nos emociona porque sabemos que no miente o, al menos, porque alberga un porcentaje mucho menor de ficción.

Lloramos con la cebolla de Hernández porque somos conscientes de que su hijo se va a quedar huérfano; valoramos la poesía social de Benedetti porque conocemos su condición de exiliado perenne y entendemos a Lorca cuando se identifica con los negros de Nueva York: no nos cabe duda de que puede ponerse en su piel, porque él también se ha sentido parte de una minoría.

Porque la poesía es verdad, si tuviera que salvar a uno de los géneros del Apocalipsis, creo que me decantaría por ella. La poesía no miente, y es la única que llena el silencio, que se queda en la memoria, que traspasa con su infinito y genuino encanto, que late, que suspende el tiempo, que retumba.

Una rosa blanca para todos

"White Rose", de Dosbears

Cultivo una rosa blanca
en julio como en enero
para el amigo sincero
que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo
cardo ni ortiga cultivo:
cultivo una rosa blanca.

(De José Martí)