El mapa de Finlandia es un jamón

No puedo evitarlo: es verlo, cuando hojeo los diarios sin entender absolutamente nada (excepto las imágenes: es asombroso el poder que tienen) o cuando consulto la predicción meteorológica (siempre más optimista de lo que debería), es ver el mapa, como digo, su silueta, e igual que si estuviera ante un test de Rorschach, me viene a la cabeza, simple y llanamente, el jamón o la paletilla que cada año aparece en la cesta de Navidad y que pasa unos días majestuoso en la despensa y luego todavía más majestuoso en el plato y en nuestros sibaritas estómagos y es que no se puede aguantar de lo bueno que está. Casi puedo oler, en el mapa de Finlandia, ese aroma tan característico del jamón, esa promesa, salada y umami, que se instala en la casa, en la atmósfera, en las páginas de estos periódicos finlandeses, indescifrables y absurdos, que si no fuera por el poco pudor que aún me queda, bien que lamería, para intentar rescatar esa forma bellotera del mapa de Finlandia.

O quizás lo que me pasa es que, simple y llanamente, siento una morriña que no se puede aguantar.