Patera

Me ha gustado releer un texto que escribí en la adolescencia pensando en una hipotética novela sobre un amor imposible a ambos lados del estrecho de Gibraltar. Se iba a llamar Patera, y tenía mucho sentido escribirla en aquellos años en los que tantos inmigrantes se jugaban la vida intentando alcanzar el continente europeo. También tenía todo el sentido naufragar en el tono poético del texto que copio y pego aquí, no en vano la adolescencia es, más que ninguna otra, la época del amor frustrado. En fin, aquel proyecto se hundió como tantas otras cosas con el tiempo, pero rescato aquí la semilla de lo que nunca fue, porque me gusta, y porque para eso está la bitácora de un hombre palabra, ¡qué carajo!

Se mecían ya los astros en la noche. Era una como otra: fría, cerrada, soberana, altiva. El reloj se había cansado de dar las horas. (Las horas no pasan en la noche: es la noche la encargada de transportarlas mientras hibernan). El reloj musitaba para sus adentros unos rezos fúnebres, helados, desvelados, lúgubres. Pero era verano y la noche, como todas las noches era una noche quieta. Casi una noche muerta. Ahmed se medía la suerte cerrando los ojos y se preguntaba cuál sería el recipiente del amor. Cuando Ahmed estaba con Nayma el amor ocupaba el espacio que quedaba entre ambos y cuanto más se acercaban tanto más profundo y enorme el amor era. Pero ahora que se hallaban lejos el uno del otro, ahora que el aire que respiraba Ahmed no podía compartirlo con Nayma, ahora que la luna ya no era una sino que cada uno de ellos se asombraba de vislumbrar una luna distinta en una misma noche; el joven marroquí pretendía averiguar dónde se guardaba el amor hasta el próximo encuentro. No podía el amor estar en el aire: había demasiado aire. Ahmed se preguntaba si el amor se asentaba en los ojos del amante, si las pupilas eran dichosas de conservarlo hasta el siguiente roce. Pero no podían ser los ojos que grabaran la última imagen. Acaso la nariz de Ahmed sería el baúl del último manantial olfativo de Nayma, del último perfume árabe, rizado, blando, suave. Mas Ahmed dudaba: quizá el amor se había quedado en sus dedos, en su alejado jirón de piel envenenada por las yemas de Nayma. Entonces el joven marroquí se negaba a sí mismo. Su amor estaría en el cerebro. Sí, eso era lo más científico, lo más actual. Un cerebro guardián del amor, del contacto, del tacto, del albor. Sin embargo aún no estaba seguro Ahmed. Recurriría al mito del corazón, fiel receptor del sentimiento más grande según los románticos, los poetas, los profetas, los cánticos. Y sí. Cuando Ahmed a punto se acercaba al sueño llegaba a la conclusión, una vez más, que el amor que sentía por Nayma no era guardado por iris, nasos, uñas, pensamientos o sangre bombeada. Que ni siquiera su amor era custodiado por la memoria del último placer o caricia. Ya en la duermevela Ahmed se convencía de que el recipiente del amor era él mismo; él con su alma, su cuerpo y su mente. Él con su pasado, su futuro y su presente. Con su trabajo y con su descanso. Con su sueño y con su vela. Y que precisamente Ahmed no era más que eso: el envase del amor más puro y real que nunca antes se había llegado a sentir y que esa constituía su única y postrera función. Una vez más Ahmed comprendía que, como las horas, la quietud de la noche respondía al objeto de no mover el amor de sí mismo, de no distraerlo, de no perturbarlo o perderlo. Y una vez más se dormía con la tranquilidad de saberse aliado y protegido de una callada noche casi muerta.

Estoy que me salgo

He empezado bien mi andadura literaria en el País Vasco. Nada más llegar, vi que habían organizado un concurso de microrrelatos solidarios con motivo del Día Mundial de los Derechos Humanos. En plena vorágine de novedades, decidí probar suerte: me salió un pequeño (muy pequeño) relato con cierto aliento poético. Se llama Diferente, y podéis leerlo aquí. No se asusten los incautos si no entienden nada cuando comiencen a leer: han puesto primero a los ganadores de la modalidad de euskera. Abajo del todo ando yo.

Como en las fotos salgo fatal, y además de artista (o tal vez precisamente por ello) soy vanidoso, dejo aquí otro enlace con la noticia publicada en la página web de la Universidad. Ahí dan más detalles sobre la cantidad de participantes, los jugosos premios y demás. Con lo de «jugosos» no estoy ironizando: la mayoría de los certámenes de microrrelatos otorgan micropremios, y este no está nada mal. Sin ir más lejos, hace unas semanas organizaron un concurso de nanorrelatos los de El País, y el premio consistía en un mísero lote de libros de una colección ya entregada. Huelga decir que en ese caso no me cayó ni la pedrea, aunque me consuela saber que se presentaron un millar de relatos. Algún día pondré colgaré aquí alguno de los menos malos que presenté.

En fin, que al final me voy a hacer un experto en microficciones, oigausté. ¡Y a mucha honra!

La piel fría

Tras un verano interesante y un principio de curso lleno de cambios, por fin he podido dedicarme a la lectura de un libro, la obra que me recomendó Lupercalia hace ya unos meses: La piel fría, de Albert Sánchez Piñol, en la versión traducida al español por Claudia Ortego Sanmartín.

Es el típico libro que regalas a alguien (en este caso, la agraciada fue Patrydoo) con la esperanza sincera, y también algo ruin, de que algún día te lo acabe prestando. Yo no me he ido muy lejos esta vez, porque, tras ser devorado por mi madre, mi tía y mi propia hermana, ha caído en mis garras y ha sucumbido.

Para quien no la ha leído todavía, se trata de una novela de ciencia ficción atípica por estos lares. Digo atípica porque, por un lado, ha conseguido rebasar esa etiqueta para llegar al gran público, con un notable éxito; y, por otro lado, porque a diferencia de otras obras contemporáneas del mismo género, esta tiene calidad. Probablemente, estas dos características estén relacionadas: tiene calidad y por eso ha llegado al gran público.

Debo decir que me ha gustado bastante, sobre todo el final, que muestra el recorrido (físico y psicológico) del protagonista. Lo que engancha, además de la audacia del tema, es el ritmo de la novela. Creo que el autor sabe acelerar la acción con maestría, tras remansos de paz que van deviniendo cíclicos, para que nos volvamos un poco locos, también nosotros, con lo que acaece en aquella isla.

Como punto negativo citaría ciertas digresiones que tratan de «ejemplarizar» o «filosofar» con la historia. Me parece que no hacía falta explicitar ciertas ideas que, de manera bastante natural, surgen en el lector. Y, en lo técnico, he detectado cierto abuso de las frases cortas, así como de la profusión de rimas internas. Pecata (que no petaca) minuta, no obstante.

Dos microalegrías

Puede decirse que este 2011 he empezado con buen pie, al menos, en cuanto al calzado literario.

Los premios y las menciones son siempre bienvenidos, porque te recuerdan de tanto en tanto que lo que haces no lo haces tan mal. Aunque no he podido comentarlo hasta ahora, debido a un primer trimestre literalmente loco en lo laboral, por fin tengo un respiro para el autobombo, que también para eso está el blog de un letraherido.

En enero participé en el concurso Tecnocuento, organizado por Radio 5, con el microrrelato «Cobertura», que tuvo la suerte de resultar ganador de la semana y ganador del mes. El premio en sí es más que anecdótico, aunque tuve la suerte de que se leyera el relato (dos veces) en dos ediciones del programa 5.0; eso sí, el horario de emisión es un tanto peculiar: los miércoles de 01:05 a 02:00 de la madrugada…

http://www.rtve.es/swf/4.0.17/RTVEPlayerAudio.swf

Y en la misma modalidad (¿me estaré convirtiendo en un experto?) he quedado finalista del I Premio de Microrrelatos Temáticos Hipálages, con la obra «Flor en la arena» que será publicada por la Editorial Hipálage en el libro Amigos para siempre. En ambos casos, el envío fue motivado por el Taller Literario en el que participo, dirigido por Lupercalia.

En resumen, dos retazos, dos microalegrías para seguir en la brecha, en la búsqueda, en el camino.

Carnaval (de Cádiz) y endorfinas

Por la calle, de camino al gimnasio, voy tarareando comparsas mentalmente.

Al salir, en mi regreso a casa, con la mochila al hombro voy tarareando chirigotas.